Fuente: http://creepypastas.com/
—¿Lo escucha, verdad? —pregunté
sonriente, mientras veía la ventana detrás de ella, donde las cortinas
tapaban cualquier entrada de luz, u oscuridad.
—¿Escuchar qué? —preguntó con una expresión entre dudosa e irritada, mientras lentamente giraba su rostro hacia la ventana.
—La lluvia. Pronto lloverá —terminé con
una sonrisa en mis labios. Dejé de mirar a la ventana y la miré a ella.
Su rostro ya viejo no la dejaba apreciar muchas de las cosas que daba la
vida; la seriedad en sus ojos mostraba indicios de que le importaba
poco lo que decía.
Meneó la cabeza y acomodó de nuevo los
papeles en la mesa. Suspiró agobiada y el teléfono de su escritorio
comenzó a sonar. Contestó a la llamada y como si fuese natural, me miró
frustrada y salió de la habitación con el teléfono aún posado en su
mejilla.
Me quedé en la habitación al menos más
tiempo del que creí que la llamada duraría, y el silencio comenzó a
invadir el cuarto. El «tic-tac» del reloj pasó a ser lo único que
escuchaba y su voz, su chillada voz se empezó a escuchar en mi cabeza.
Meneé la cabeza y respiré hondo. Me enrosqué en el asiento dejando mis
rodillas alrededor de mis brazos y comencé a tararear. ¿La luz de la
habitación siempre había sido tan oscura? En este momento no lo
recordaba. Su voz, de nuevo, me hablaba. Lo único que lograba mantenerme
calmada era los latidos de mi corazón que cada vez parecían acelerarse
más. Comencé a respirar entrecortadamente y cerré mi ojos.
—Bien, ¿en qué estábamos? —Su voz me
despertó de mis pensamientos y abrí los ojos con sobresalto. Miré a mi
alrededor y el foco del techo iluminaba toda la sala. Saqué un suspiro
de satisfacción y me reincorporé en la silla, quitándome el sudor de mi
frente con el dorso.
Se sentó y entrelazó sus dedos dejándolos sobre los papeles y frente a ella.
—Cuéntame Alice, ¿volviste a tener pesadillas?
—Supongo que ya son parte de mis
recuerdos, Meredith. Aunque… irónicamente no recuerdo mucho lo que soñé.
—Mentí, sonriente, mientras seguía mi vista a la nada.
—Tu mamá dijo que estuviste gritando por
horas, y que rasguñaste tus propios brazos; ¿me dejarías ver? —Sus ojos
se posaron en mis brazos y yo tan sólo alargué la manga de mi blusa para
que no se viesen mis muñecas. Me paré de donde estaba sentada y caminé
hacia la ventana, abrí una de las cortinas para ver el cielo,
aparentando no escuchar lo siguiente que venía—. Al menos cuéntame cómo
empezó todo.
Al final supongo que todo empezó por
jugar de más, como siempre sucede. Era uno de esos días en los que la
curiosidad osa por matar al gato, en un decir, por supuesto. Mi amiga
Danielle había visto en línea un nuevo juego del que conocíamos poco,
pero que las películas americanas —según ella— lo volvían una cosa
asombrosa. Las reglas pedían más de dos personas, así que Danielle
insistió en invitar a otra chica, de la cual, su nombre hasta la fecha
desconozco.
Las tres nos reunimos un viernes en la
noche si puedo recordar. La chica de la que el nombre, e incluso voz,
desconocía quería comunicarse con una amiga suya que había fallecido, y
como nosotras no tuvimos objeción, así fue.
Era uno de esos juegos espiritistas de
magia negra, al final no pensé que nada extraño fuese a suceder. Había
sido en mi casa, en mi cuarto para ser más precisa. Mis padres se habían
divorciado desde hace meses así que mi padre ya no vivía con nosotras, y
mi madre se la pasaba todas las noches en los bares, en busca de «su
nuevo amor». Habíamos apagado las luces y tres velas estaban en el
centro en forma triangular. Nos habíamos sentado en círculo cruzando
nuestras piernas. Cerramos nuestros ojos y agarramos nuestras manos, nos
balanceamos de un lado al otro lentamente como en las películas.
Danielle comenzó a musitar palabras que tenía escritas en un papel y que
sencillamente carecían de algún sentido lógico.
—Sé que estás ahí, espíritu. Nosotras
somos esclavas de la oscuridad, vírgenes de la luz. Invade nuestras
almas más no nuestras mentes. No dejes que la locura nos asesine.
Permítenos ser testigos de tu poder, oh Gran Señor.
Ella continuó hablando y de pronto la
otra chica comenzó a gritar, horrorizada. Quitó la mano con agresividad
de la mía y de la de Danielle y se echó a llorar. Las velas se apagaron
al unísono y de la ventana un aire furioso sopló contra nosotras.
—¡Idiota! ¡No puedes cerrar el ritual tan
abruptamente! —gritó Danielle mientras azotaba el papel que tenía
contra el piso. La chica desconocida salió corriendo de mi cuarto,
Danielle la siguió y se despidió de mí con un «luego te llamo» después
de un guiño.
Yo me quedé ahí, sentada. El aire comenzó
a soplar entre mi cuello y me quedé atónita, mirando a la nada. No
recuerdo cómo dormí esa noche, y ciertamente, no recuerdo si dormí esa
noche.
Los siguientes días pasaron fuera de lo
normal. Escuchaba voces donde no las había. Pensamientos escalofriantes
se cruzaban por mi mente y no podía negar que comenzaban a incitarme.
Las pesadillas fueron la gota que derramó el vaso; cada vez, cada día,
eran más atroces y demostraban lo que las voces en el día me impulsaban a
hacer. En uno de mis sueños me encontraba parada frente a mi
habitación, había alguien frente a mí, de espaldas, hincado de rodillas y
llorando. Era mi madre, Carolina. Le preguntaba por qué lloraba, ella
sólo negaba con la cabeza. Con duda me le acerqué y toqué con mi mano su
hombro, diciéndole que no tenía por qué llorar. No veía su rostro,
seguía encorvada. Tenía algo entre sus manos que no lograba divisar.
—Mamá, ¿qué traes…? —Solté su hombro para
acercarme y ella volteó hacia mí, furiosa. Su rostro se encontraba
demacrado y aparentaba tener al menos setenta años de edad. Se paró de
donde estaba y sin soltar su objeto, retrocedió varios pasos hasta
encontrarse con la pared de mi habitación.
—No… lo toques… —musitó,
entrecortadamente—. Ahora tu padre no podrá estar con nadie más que
conmigo —dijo riendo, mientras apretaba el objeto de sus manos con más
presión—. ¿Querido?, tu hija quiere verte.
Mi madre con sus manos temblorosas
lentamente descubrió con la sábana lo que cubría el objeto de su deseo.
Era la cabeza de mi padre, la cual parecía haber sido vilmente mutilada.
El verla causó un impacto inmediato en mi estómago, provocando que
vomitase. Los ojos de mi padre seguían abiertos, sus párpados parecían
estar unidos a sus cejas con una especie de pinza y de igual manera las
comisuras de sus labios unidas a las mejillas formando una sonrisa, una
gran sonrisa.
—¿Ves? Tu papi está feliz de verte,
cariño. Antes siempre estaba serio —dijo mirando fijamente hacia abajo,
pensativa. De pronto volteó hacia mí, con una sonrisa tan exagerada y
escalofriante que no me permitía seguir mirándola—. Quizás también deba
hacer algo contigo para que estés siempre feliz…
Se acercó lentamente a mí, aún con mi
padre entre sus dedos. Quería gritar, pero algo me lo impedía. Quería
salir corriendo de allí pero no podía moverme. Siempre que se encontraba
la persona de mis sueños a centímetros de mí, siempre y sólo en ese
instante, despertaba.
Los escenarios y las personas en mis
pesadillas cambiaban frecuentemente. Como la vez que soñé que mi vecina
dividía en dos a su perro con sus propias manos, o cuando la llorona
amiga estrangulaba a Danielle. Todas las personas que conocía aparecían
haciendo cosas a las que en la vida real nunca se atreverían, para luego
acercarse a mí y querer hacer lo mismo conmigo.
Y sin importar los escenarios, las
personas o las situaciones en las que me encontrase, siempre despertaba
con las uñas manchadas de sangre.
Las voces en mi cabeza también comenzaban
a dominar la situación. Había varias, y siempre me decían que hiciese
cosas, que de esa manera «todo acabaría». Pero había una voz, una de
todas las que escuchaba, que parecía la dominante. Parecía conocer mis
debilidades, aquello que me hacía daño, aquello que me molestaba
escuchar. Siempre lograba salir en los momentos en que menos la
necesitaba. Su voz tan irritante me hacía gritar para que cesase. Aunque
también sabía cuándo cerrar la boca: sabía que cuando la oscuridad se
apoderaba de mí alrededor, era cuando no debía ser escuchada. Porque en
ese momento en el que el temor entraba por voluntad propia, ella no
debía ni intervenir.
«Todo estará bien. Sólo hazlo».
Ahí estaba de nuevo.
—¿Alice, me escuchas? ¿Alice? ¡Alice!
—sentí una huesuda mano en mi hombro y, por reflejo, volteé asustada,
despertando de mis pensamientos—. Llevo media hora parada a un lado
tuyo. ¿Estás bien?
—Estoy… bien… —musité mientras seguía
pasmada en mis pensamientos. Miré con el rabillo de mi ojo a Meredith,
la cual seguía detrás de mí, parada con las manos unidas frente a ella.
Su mirada juzgadora parecía leer cada parte de mi cuerpo, y eso me
aterraba. ¿Habrá descubierto todo lo que he soñado? No, imposible. Sólo
es una psicóloga novata. Ni siquiera ellos pueden leer la mente de las
personas, incluso aunque se hayan especializado para creer lograrlo. Lo
único que parecían hacer sus consultas era recordarme aquellos sueños,
en lugar de hacerme olvidarlos.
Miré atentamente cómo levantó una ceja, intentando leer mis acciones.
«Esto es un sueño, ¿no lo comprendes? Mira su rostro, pronto; cuando te descuides, intentará matarte».
¿Un sueño? Ahora que lo pensaba no
recordaba haberme levantado, pero me parecía poco probable que todo esto
lo hubiese imaginado. Comencé a temblar. Mis manos se volvieron torpes y
desde el reflejo de la ventana, su rostro aparentaba conocer lo que
pasaba.
—Alice, ¿te encuentras…?
Antes de que pudiese terminar la frase,
esquivé su cuerpo, me situé tras el sillón donde antes estaba y dejé mi
cabeza visible para ver qué intentaría hacer. Curvó sus cejas y meneó la
cabeza. Quizás esto realmente era un sueño… o mejor dicho, una
pesadilla. ¿Despertaré cuando ella se encuentre a centímetros de mí,
intentando asesinarme?
Mi respiración se hizo acelerada y una
risa se liberó en mi cabeza; se divertía, parecía disfrutar mi
sufrimiento. Me encontraba confundida y ella ignoraba mis gritos
ahogados de ayuda.
El «tic-tac» del reloj pasó a primer plano y la voz de Meredith se escuchaba poco a poco menos.
«Intentará matarte, tú lo sabes, ¿dejarás que esta vez logre su cometido?».
—No… —pude lograr musitar. Respiré entrecortado y la miré a los ojos, desconfiada.
—¿No, qué? —preguntó.
Comencé a morder mi labio inferior con
desesperación. Aun cuando comencé a sentir el sabor metálico en mi
garganta por tal acción, no me detuve. ¿Esto era realmente un sueño?
¿Por qué aparentaba ser tan real entonces? Tragué la sangre que sentía
en mi boca y me puse en pie, decidida.
—Alice, parece que la muerte de Danielle empezó a afectarte de una manera no pronosticada, déjame ayudarte a…
—¡Ella no está muerta! —grité
horrorizada, mientras comenzaba a apretar la parte de arriba del sillón
que se encontraba en mis manos. Comencé a escuchar los «tic-tac» del
reloj más acelerados de lo que normalmente se escuchaban e invadieron
por completo mi cabeza. Me hinqué ante tal acción y con desesperación
cubrí mis orejas con mis manos, intentando pararlos.
—No —empecé a musitar—… esto es sólo un sueño… Ella no…
«¿Es realmente un sueño, Alice?».
Su risa chillona se escuchaba en mi
cabeza haciendo eco con las otras voces. Todas parecían unirse como si
de una fiesta se tratase; una fiesta donde mi cordura estaba en juego.
Comencé a respirar mucho más aceleradamente de lo que, incluso en mis sueños, sucedía.
Si esto en realidad era uno de mis
sueños, podía jurar que era el peor de todos, y todavía no sucedía la
parte donde intentaban asesinarme. Corrí hacia la ventana y miré hacia
Meredith, furiosa.
—¿Pero qué estás…?
El dolor punzante que sentí al romper el
vidrio era peor de lo que hubiese imaginado. La sangre comenzó a
recorrer de mi mano a mi brazo izquierdo lentamente mientras manchaba
parte de la manga de mi blusa, la cual, ahora con el pulso un poco
tembloroso, remangué. Alcé la mirada lentamente y Meredith comenzó a
buscar frenéticamente algo entre los cajones de su escritorio, mientras
sacaba con desesperación algo de su bolsa. No captaba del todo lo que
estaba diciendo, pero lucía asustada.
Quité mi puño de la ventana y pequeños,
pero diminutos trozos de vidrio se quedaron. Al parecer no había sido lo
suficientemente doloroso como para despertarme, pero el ardor no
cesaba.
Busqué con la mirada el sujeto de mi
alucinación, pero la sala se encontraba de nuevo vacía; caminé
lentamente hacia la puerta, pero unas huesudas y ya conocidas manos
cubrieron mi cuello. Tal acción me sobresaltó, y tragué saliva
lentamente, intentando no alterarme. ¿Dónde estaba aquella voz de mi
cabeza? La necesitaba ahora más que nunca, tenía que haber algo que me
dijese que esto era un sueño.
Giré mi cabeza lo más que pude y se me
permitía y su rostro se encontró con el mío, sonriendo exageradamente, y
más de lo que hubiese imaginado. La observé atentamente y su rostro
comenzó a lucir familiar en mi mente. Sus ojos, sin pestañas, estaban
irritados. Aquellas facciones estaba segura de haberlas visto en otro
lado, pero sus dedos comenzaron a encajar tanto en mi cuello que llegué a
creer que todo era coincidencia.
Soltó mi cuello y rápidamente me alejé de
ella. Lucía diez años más vieja que antes, su ropa y su cabello lucían
desgastados, frágiles e incluso parecía que se podían romper al tacto. A
cada paso que me alejaba, ella se acercaba uno a mí. ¿Qué había
sucedido con ella?
—Estoy soñando —respondí, poco convencida, pero su rostro no se había inmutado ante tal respuesta.
—¿Es realmente un sueño, Alice? —Esa voz,
aquella chillona voz que sólo escuchaba en mi cabeza, ahora era emitida
por Meredith. Sonrió mirándome a los ojos, deseosa de que fallase,
deseosa de ganar. Su sonrisa era brillante, pero en las puntas de sus
afilados dientes había manchas oscuras color carmesí. Intenté
ignorarlas.
—Siempre sucede lo mismo; en cuanto estés
a centímetros de mí, intentando matarme, despertaré, ¿no es cierto?
—respondí, con la respiración un poco acelerada, tratando de convencerme
más a mí misma que a ella.
—¿Es realmente un sueño, Alice? —volvió a preguntar.
Sin darme cuenta, ahora se encontraba más cerca de mí.
Comencé a gritar. Grité tan fuerte como
me era posible, pero ningún sonido se emitió de mi boca. Mis pies
tampoco se movían; parecían estáticos y sin vida. En mis ojos se
reproducían aquellas pesadillas que tanto odiaba, y todo el dolor que se
había propagado en tales sueños se redirigía a mi cuerpo. Sentí
lágrimas recorriendo lentamente mis mejillas. Escuché atentamente cómo
los latidos de mi corazón aceleraron una vez más su ritmo y cerré los
ojos.
Las comisuras de mis labios se elevaban,
como si lo disfrutase, mientras el dolor se incrementaba en mi cuerpo.
Ya no controlaba mis propios movimientos corporales y el dolor parecía
inaguantable.
Tallé mis ojos y respiré hondo. Los abrí de nuevo y la sala se encontraba completamente vacía.
Miré mis manos y ambas estaban manchadas de sangre.
Redirigí mi vista, ya cansada, hacia la esquina de la habitación, y mi cuerpo se heló por completo.
—Dulces sueños —susurró, y mi vista se apagó dejando todo a mi alrededor negro y con olor a sangre.
—Danielle…